Una de
las demandas apremiantes que el maestro tiene es la responsabilidad de develar
ante sus estudiantes la problemática
ambiental. El hábitat del ser humano ha venido sufriendo, por muchos años,
de maltrato y abuso; la naturaleza, como recurso, al ser usada de manera
irresponsable, ya no puede declararse inagotable sino en peligro de extinción,
sin que los seres humanos hayan podido percatarse de su evidente detrimento.
Todas las acciones, protocolos y campañas han sido insuficientes a la hora de
dimensionar el daño causado al medio ambiente. El empleo de biocombustibles, el
reciclaje, el ahorro de agua y energía, las tendencias protectoras y las
tecnologías Green no son otra cosa que la excusa para expiar toda culpabilidad
frente al mal uso del único recurso vital para la subsistencia.[1]
El
cambio más radical que cabe imaginar en la condición humana sería la emigración
de los hombres desde la Tierra a otro planeta. Tal acontecimiento, ya no
totalmente imposible, llevaría consigo que el hombre habría de vivir bajo
condiciones hechas por el hombre, radicalmente diferentes de las que le ofrece
la Tierra. Ni labor, ni trabajo, ni acción, ni pensamiento, tendrían sentido
tal como los conocemos. No obstante, incluso estos hipotéticos vagabundos
seguirían siendo humanos; pero el único juicio que podemos hacer con respecto a
su “naturaleza” es que continuarían siendo seres condicionados, si bien su
condición sería, en gran parte, auto-fabricada. (Arendt, 1958, p. 24).
Pensar
en nuestra responsabilidad como pobladores del planeta nos hace culpables del
daño que, en mediana o grande medida, hemos causado; en razón a lo anterior,
debemos asumir el compromiso, como maestros investigadores, de fomentar hábitos
que lleven a una profunda toma de conciencia y de respeto por la naturaleza,
pues, aunque en esencia nuestros educandos hacen lo que ven en otros, no es
solo el ejemplo el que arrastra, sino la voluntad y la evidencia de que este territorio que no poseemos, que nos
ha sido prestado para sobrevivir, nos grita desesperadamente por su
preservación.
Como
maestros estamos en capacidad de plantear preguntas en relación con la crisis
ambiental, directamente relacionada con la incapacidad de optimizar los
recursos una vez finalizada su vida útil (chatarra electrónica); también
podemos plantear teóricamente un sinfín de estrategias para impactar el medio
en que nos desenvolvemos, pero en realidad es poco lo que hacemos en la práctica
cotidiana; el desarrollo de un pensamiento ambiental y
de competencias para la preservación del medio ambiente, son procesos que
continuarán en discusión, y no se trata solo de teorizar, sino de asumir
cambios reales en pro de los recursos futuros de nuestra especie.
El adagio cartesiano de la posesión de la naturaleza no define las
condiciones del dominio de un “objeto” tan vasto. Ciertamente el pedazo de cera
es un objeto, pero ¿la “naturaleza”, pero el mundo, lo son verdaderamente? Esta
misma recomendación de dominio se inscribe, por otra parte, en el lento
desplazamiento histórico de la vieja partición estoica de las cosas que
dependen de nosotros y de las cosas que no dependen para nada. (Serres, 1998,
p. 6)
La
artista Yoko Ono representó dramáticamente en uno de sus trabajos la situación
actual del medio ambiente: Los árboles, dentro de cajones hechos de la misma
madera de sus cortezas, ilustran bellamente el nivel de daño causado por el ser
humano a la naturaleza y enmarcan la idea de concebir un renacer de la
naturaleza, cuando vemos cómo un pequeño árbol nuevo asoma desde dentro del
cofre fúnebre. Nuestras concepciones mundanas, consumistas y cómodas nos han
llevado al desconocimiento y a la ignorancia de nuestra responsabilidad sobre
este vital asunto global y, en consecuencia, es menester asumir, de manera
decidida, el rol como ciudadanos del
mundo y usuarios de una naturaleza que, por no ser nuestra, no tenemos
derecho a destruir.
¿Podremos
algún día habitar poéticamente la tierra? (Morín, 2004)
